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Ciencia y Tecnología 05.08.2019

Banfield estrenó su tribuna sin alambrados

Unos 2.500 hinchas pudieron disfrutar de una experiencia inédita en el Florencio Sola: ver el partido bien cerca de los jugadores. Fue en el 1-0 sobre Estudiantes por la segunda fecha del torneo local.

Fuente: Por Martín Voogd para Clarín

La Mouriño fue la tribuna de la primera vez, esa tarde de lunes lluvioso con Fidel para ver un partido que no tuvo a Banfield como protagonista, sino a Temperley e Independiente. La tribuna de las aventuras adolescentes intercambiando carnets para entrar gratis con Nico, Darío, Cano y hasta alguno que era hincha de Los Andes. La de la salidas futboleras con nuestras novias con promesas de amor eterno (a Garrafa) y más acá en el tiempo el lugar de comunión familiar con Andrea, Cata y Manu. También el escenario de abrazos acalorados con gente desconocida por un gol o por un triunfo impensado.

La Mouriño siempre fue la Mouriño. El mejor lugar para ver a Banfield de local, más allá de ese sol que castiga de frente cuando el partido se juega por la tarde. También era un lugar inequívoco de reunión desde aquella primera vez en la cancha. Cada uno de sus habitués sabía perfectamente cuál era su lugar en la tribuna con la línea del mediocampo y los carteles de publicidad como referencias, pero también con los grupos de hinchas, esos que siempre van juntos a todos lados -algunos que ya no están-, que religiosamente ocupaban el mismo escalón a la misma distancia del paraavalanchas más cercano.

Los hinchas de Banfield celebran el gol de Bertolo. Foto: Rafael Mario Quinteros

Los hinchas de Banfield celebran el gol de Bertolo. Foto: Rafael Mario Quinteros

La Mouriño siempre fue el lugar reservado para los que cantan aunque no cantan tanto, para los que putean sin discriminar y sin ahorrarse ingeniosos insultos al árbitro de turno, a sus respectivas madres, y también a algún jugador que no pone la enjundia necesaria para defender los colores verde y blanco.

La Mouriño sigue siendo la Mouriño. Pero ahora es diferente. Muy diferente. Su geografía desorientó un poco a los hinchas. Este domingo, a contramano de los hábitos, hubo que ir demasiado temprano para ocupar una de las 2.500 butacas transformaron a la Mouriño en una tribuna sin alambrado, al mejor estilo de los coquetos estadios de la Premier League. Las puertas se abrieron a las 14 y antes de las 15, cuando todavía faltaban más de 30 minutos para que arrancara el partido contra Estudiantes, ya costaba encontrar un lugar. Parecía extraño. Toda una tribuna llena mientras las otras tres mantenían el ritmo de ingreso -cansino- habitual.

Sólo socios pudieron acceder a la renovada Mouriño con butacas prolijamente ordenadas cada tres escalones y atadas a un caño, llamativamente, con precintos. La ausencia del alambrado da una perspectiva mucho mejor. Parecía estar frente a una pantalla de un cine 3D, con los gestos, los roces, las patadas y la técnica de los jugadores en una especie de realidad aumentada que permite disfrutar más de un partido de fútbol. Es decir, se potenciaron las cualidades de la Mouriño.

La ausencia de alambrado, además de las butacas, también sumó nuevos actores en el Florencio Sola. Se contaban 40 agentes de seguridad separados cada tres metros, siempre dándole la espalda al campo de juego. Se pararon detrás de una reja blanca de poco más de un metro de altura, unos pasos por delante de la vieja pared que servía de base del extinto alambrado y como apoyo de los carteles publicitarios. Ya en el campo de juego, asomaban los efectivos policiales del tradicional operativo de seguridad. No hubo incidentes ni altercados en esta primera vez.

Unos 40 agentes de seguridad privada controlaron posibles desbordes en la Mouriño. Foto: Rafael Mario Quinteros

Unos 40 agentes de seguridad privada controlaron posibles desbordes en la Mouriño. Foto: Rafael Mario Quinteros

Sin embargo, hay que contar los atenuantes. Se trata de sólo una de las cuatro tribunas del Florencio Sola. De lado de enfrente se erigen las plateas que no tienen alambre, sino barandas, ya que el último escalón está a unos tres metros de altura. En las cabeceras de la cancha de Banfield (y del resto de los estadios sin foso) los alambrados siguen vivos. La revolución real se dará cuando los alambrados no estén más. Ahí sí seremos english style -si es que queremos ser así-. Porque la bomba de tiempo aún no se desactivó. Eso será cuando no haya barras que hagan negocios y maten con los colores de la camiseta como excusa barata. Cuando lo más peligroso que pueda pasar es que entre una rubia semidesnuda, como en la final de la Champions League, y no mercenarios disfrazados de hinchas, a quienes hay que seguir combatiendo para alejarlos de las canchas.

Se trata de un paso adelante en un fútbol que suele ir marcha atrás. Quedan miles de pasos por delante.

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