
"Rosario, dinamitera
sobre tu mano bonita
celaba la dinamita
sus atributos de fiera
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bien conoció el enemigo
la mano de esta doncella
que hoy no es mano porque de ella
que ni un solo dedo agita
se prendó la dinamita
y la convirtió en estrella".
(Miguel Hernández, “Vientos del Pueblo”)
La noticia dice escueta que, en un Jueves del pasado Abril, murió en Madrid -donde había nacido 89 años antes-, Rosario Sánchez Mora, “Rosario la Dinamitera”, destinataria de la poesía épica de Miguel Hernández, su compañero de trincheras.
“...Joven, delgada pero recia mujer del pueblo dispuesta a perder su propia vida por preservar las conquistas sociales y políticas que les iba proporcionando la República a los ciudadanos y ciudadanas españoles”; la recuerda el historiador Javier Ruiz en el obituario del Partido Comunista de España. Conoció las cárceles del franquismo y recuperada su libertad vendió cigarrillos en la plaza de Las Cibeles, hasta su retiro, manteniendo intactas sus convicciones y de hecho, participando en todas las actividades del PCE, hasta su deceso.
Se podrá coincidir o no con su pensamiento y acción, ese juicio carece de sentido ahora, pero ciertamente ese muñón cicatrizado que por mano ostentaba, esa mano invisible que nunca traicionó sus ideales, ese secreto significado que tenía la circunstancia de ser, justamente, su mano “derecha” la que había perdido, esa nada al final del brazo, nos habla de la historia, la lucha y el compromiso. Claro está que, en esa mano inexistente, nunca sus dedos hubieran podido lucir un solitario de oro blanco y brillantes, ni esa muñeca exhibir un Rolex Presidente de oro, y mucho menos producir gestos admonitorios en arrebatos de soberbia; pero esa es otra historia allende los mares, parafraseando a Alberto Cortez.